jueves, septiembre 24, 2009

Poesía



















Tres poemas para desnudar vírgenes

El amor me condenó,
retorció mi cuerpo y
me arrojó a un río revolcado y necio,
al río de mis obsesiones;
a mi me gusta cantarle el fin
como Morrison.

Yo era un pedazo de hielo,
y cuando el amor vino sonreí a la miseria
como un siervo poseído,
levantando la mirada al sol
que comenzó a derretirme el rostro,
el jabón y el ácido se hicieron beso.

Mira como te tengo de frente,
como nuestra imagen
se pierde a sí misma,
mis inútiles esfuerzos
por descifrar esta distorsión
en un abrazo.

*

Me quedan dos minutos para enamorarme,
estoy presionado,
las plazas se mueven de un lado a otro

y tu no apareces;
los niños y tu silencio
me golpean con sus gritos.

El viento ha cumplido su misión,
y los hálitos de vida
juegan a adormecer el tiempo,
soy un cazador sin arco
o un terrible accidente irreversible.

No puedo correr,
me tropiezo con mis pensamientos
y mi propio cuerpo muerto,
renté un cuarto de hotel
para esconderlo
y desescamarlo.

*

Me gusta sentir como te mueres,
como te vas a pasos lentos,
con la envoltura inocente de mi crimen
y la espalda negada a tu propia sombra.
Yo, como una canción mal compuesta
me entrego a la histeria del silencio,
también a pasos de sombra
recojo del suelo mis últimos argumentos.

Algo falló en el acto,
mi corazón concentró aire,
pero al dejar de latir me sentí más vivo,
pidiendo perdón por mi obsolescencia.

- Eduardo Pérez Espinosa.